Colores / Colours

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Este escrito fue inspirado por el ejercicio de escritura que aparece en el libro Como encontrar tu estilo literario de Francisco Castro. El ejercicio era el siguiente:

“El ejercicio que te planteo pretende obligarte a mostrar el sonido de los colores. Ya sabemos que no suenan. Sí, es cierto. Pero no suenan hasta que el escritor los hace sonar con palabras.

El ejercicio, pues, mezcla literatura, música y pintura. Te pido que escribas sobre los sonidos de los colores.”

– Francisco Castro, Como encontrar tu estilo literario

VERDE


Bajo la ventanilla y siento el viento en mi cara.

Finalmente veo su verdadero rostro. Una mano en el volante y la otra sostiene un cigarrillo.

El viento, las gaviotas en el cielo, las hojas de palmera que tiemblan.

Le quito las gafas de sol. Sus ojos están cansados, pero presentes.

Su voz, mis dedos en su cabello, nuestras extremidades cuando se mueven bajo el agua.

Nos besamos.

Un timbal rodeado de violines. Choca la segunda ola y no nos movemos.

Nuestros gemidos, nuestros cuerpos que chocan, los latidos de su corazón.

No recordaba la última vez que había reído hasta llorar.

AMARILLO


Al abrir la puerta, la bachata de Juan Luis Guerra me envolvía como una lluvia de papelillo. La Coca Cola al destaparse, el ron al vertirse  y el limón al exprimirse, indicaban que el fin de semana había llegado. El último toque lo daba el amargo de angostura.

De la misma manera que una campana en el collar de una mascota, el hielo en el vaso indicaban la aproximación de un adulto. En aquella época las hombreras eran del tamaño de un disco de vinilo y mi abuela bailaba; la llegué a ver dirigiendo la conga.

Nosotros reíamos, gritábamos y explotábamos globos. El llanto no era un sonido extraño, pero no había nada que un “Sana, sana culito de rana” no pudiera arreglar. No nos importaban las manos pringosas de comida frita y dulces. Sabía que todavía quedaban dos horas de fiesta cuando mi mamá me decía “Ya nos vamos.”

Esos eran los sonidos de mi infancia.

NARANJA


A lo lejos se escuchaban los ruidos de la ciudad que se confundían con el viento que silbaba en sus oídos. Con una respiración profunda, cogió una bola de energía imaginaria y se la llevo hasta su pecho, donde se mezcló con su propia vitalidad. El sol le regalaba los últimos rayos de luz antes de esconderse.

De la carpa provino el sonido del órgano y de los platillos que chocaban. Le indicaban que debía regresar.

Solo un momento, pensó.

Se estiró hacia el cielo, y se puso de puntillas para despedirse. Rápidamente comenzó a danzar. Sus brazos y piernas cortaban el aire como una katana en seda y sus pies marcaban el ritmo, seco contra la arena. Cada músculo de su cuerpo gemía de placer. Esa noche cuando se pintara el rostro de blanco, cuando se balanceara en la cuerda, cuando se dejara caer, sería la última vez.

La función debía continuar.

ROJO


Había matado al alfa y ahora todo era suyo, pero poco sabía que desde las sombras un par de ojos lo seguían. La bestia poco sabía que esa sería la última vez que le aullaría a la luna e invocaría a la manada para dar inicio al complejo ritual de apareamiento.

Con la fuerza de un volcán, un hijo de las tinieblas apareció de la nada y la tumbó al suelo. Clavó sus garras en la tierra. Trató escapar, pero la mordida fue directo al pescuezo. La oscuridad sorda de la selva fue ultrajada por un grito de agonía. Los colmillos le perforaron la piel, el músculo y llegaron al hueso. No había nada que hacer.

Unos pequeños espasmos indicaban que alguna vez hubo vida en lo que se convertiría en carroña. Esa noche solo se escuchó el ruido de carne rasgándose y huesos partiéndose.

Robespierre veía solemne el artefacto donde había condenado a tanta gente. Había liberado a su pueblo. Había matado al rey, pero ahora era sentenciado, traicionado por sus compatriotas y la misma revolución que había erigido. No había nada que hacer. A pesar de todo, la cruel mano de Dios había intervenido.

Robespierre nunca escuchó la guillotina caer, ni la sangre salpicar, ni a la multitud que festejó después de que su cabeza cayera decapitada.

El más fuerte siempre se come al más débil.

ROSA

Recuerdo tu acento.

Recuerdo el eco de las calles vacías.

Recuerdo que echabas de menos a París.

Recuerdo tus manos en el encaje de su ropa interior.

Recuerdo los besos intoxicados que nunca fueron para mí.

Recuerdo el color de tus mejillas y nariz enrojecidas por el frío.

Recuerdo la única fotografía que tenemos los dos juntos y que he perdido.

Recuerdo la única rosa que me han regalado en mi vida. Me la diste tú.

Recuerdo tu mano en la parte baja de mis espalda.

Recuerdo las lagrimas mudas que lloré por ti.

Recuerdo tu voz en las noches de invierno.

Recuerdo tu risa como un ladrido.

Recuerdo lo que nunca me dijiste.

VIOLETA


Afrodita aburrida escuchaba la orquesta de Zeus. Con un susurro casi imperceptible llamó a Eros y este, como si hubiese estado esperando su llamado, desplegó sus alas y apareció junto a su madre. Con cuidado, le rellenó la copa de vino y después de una leve reverencia se fue volando.

La diosa de cabellos dorados, evocaba las caricias y la voz de su amante de verano. La piel se le ponía de gallina al recordar la lengua extranjera en su oído y como se ponía de rodillas para leerle un poema del pergamino. Aquel día, ella llevaba una corona de flores que había sido tejida a mano por una de sus más leales y ancianas sacerdotisas. Afrodita cogió uno de los capullos de su cabeza y lo paseó por el torso esculpido del semidios. Prestando particular atención a sus pezones.

Luchó contra la corriente, pero no pudo evitar que el solo de la lira la sacara de su fantasía carnal, como aquel quien lucha por un sueño cuando se esta despertando. La embriaguez se convierte en dolor de cabeza.

Molesta, de un solo trago, se terminó su copa.

AZUL


Ahora, el ruido de las olas al chocar con la orilla, lo sentía lejano.

El universo se veía reflejado en el agua creando la ilusión de un horizonte invisible. Sentía como mi cuerpo flotaba sobre el mar de estrellas que florecían como lotos, transportado por los cantos de los avatares pasados, presentes y futuros.

Sus voces, mi voz, vivirían por siempre en el éter. Al caer como lluvia, me limpiarían de lo que había sido y algún día volvería a ser.

Krishna abrió la palma de su mano y me dejó descansar en ella. Me dijo que todo iba a estar bien. Su voz era como un trueno silencioso. Le di las gracias, lo besé y comencé a llorar. Sabiendo que mis lagrimas se unirían a las estrellas y chocarían, algún día, con la orilla.

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The following text was inspired by a creative writing exercise that I found in Como encontrar tu estilo literario (How to find your writing style) by Francisco Castro. The challenge was the following (rough translation):

“The challenge I’m presenting pretends to force you to show the sounds of the colours. We already know they don’t make any sound. That’s true. But they don’t until a writer makes them using words.

The exercise mixes literature, music and painting. I’m asking you to write about the sounds of colours.”

– Francisco Castro, Como encontrar tu estilo literario.

 

GREEN


I lower the window and feel the breeze on my face.

Finally, I can see his real face. One hand on the steering wheel and the other one holds a cigarette.

The wind, the seagulls on the sky, the shaking palm leaves.

I take his sunglasses off. His eyes are tired, but present.

His voice, my fingers in his hair, our limbs when they move under water.

We kiss.

A drum surrounded by violins. The second wave crashes and we don’t move.

Our moans, our bodies thrusting, the beating of his heart.

I couldn’t remember the last time I laughed until I cried.

YELLOW


Once I opened the door, Juan Luis Guerra’s bachata fell on me like a confetti rain. When someone opened a bottle of Coke, poured the rum and squeezed the lemon, it meant the weekend had started. The angostura bitter was the last touch.

The ice cubes on the grownups’ glasses indicated their proximity, like a bell hanging of a pet’s neck. Back then, shoulder pads were as big as vinyl records and my grandmother danced; I even saw her leading a conga line.

We would dance, yell and explode balloons. Crying was not a strange sound, but there was nothing a “Sana, sana culito de rana” couldn’t fix. We didn’t care about our sticky hands because of the sweets and fried food. I knew we still had two more hours of party when my mother said, “It’s time to go home.”

Those were the sounds of my childhood.

ORANGE


Like a distant murmur, he could hear the noises of the city. They got confused with the whistle of the wind in his ears. With a deep breath, he held an imaginary energy ball in his hands and took it to his chest, where it joined his own vitality. The sun was presenting him with the last rays of light before it went into hiding.

From the tent, came the sounds of the organ and the cymbals being played. They told him it was time to go back.

Just a moment, he thought.

He stretched himself towards the sky and stood tiptoed to say goodbye. Quickly, he started to dance. His arms and legs cut the air like a katana on silk and his feet would set the beat against the sand. Each one of his muscles moaned with pleasure. That evening when he painted his face white, when he balanced on the rope, when he let himself fall, it would be the last time.

The show must go on.

RED


He had killed the alpha and now it all belonged to him, but little did he know that there where a pair of eyes following him from between the shadows. Little did he know that it would be the last time that he howled at the moon and summoned the herd to initiate the complex mating ritual.

With the strength of an erupting volcano, a son of darkness appeared out of thin air and threw him to the ground. He sank his claws into the earth. He tried to escape, but the bite went right to his neck. The deaf darkness of the jungle was defiled by a scream of agony. The fangs pierced his skin; his muscle and reached the bone. There was nothing to do.

A little twitching indicated that there once had been life in the body that would turn into carrion. That night the only thing that was heard were the sounds of tearing flesh and breaking bones.

Solemnly, Robespierre stared at the artefact to which he had sentenced so many. He had freed his people. He had killed the king, but now he was condemned, betrayed by his fellow citizens and the same revolution he had ignited. There was nothing to do. Regardless of it all, God’s cruel hand had intervened.

Robespierre didn’t hear the guillotine dropping, nor the blood splattering, nor the crowd that cheered after his severed head fell off.

The strongest link always eats the weakest.

PINK


I remember your accent.

I remember you missed Paris.

I remember the echo of the empty streets.

I remember your hands on the lace of her underwear.

I remember the intoxicated kisses that were never mine.

I remember how your cheeks and nose flushed when it was cold.

I remember the only picture of the two of us together that I have lost.

I remember the only rose I’ve been given. It was from your behalf.

I remember your hand on the small of my back.

I remember your voice in the winter evenings.

I remember the mute tears I cried for you.

I remember your barking laugh.

I remember the words you never told me.

VIOLET


Aphrodite was bored while listening to Zeus’ orchestra. With an almost imperceptible whisper she called upon Eros and, as if he had been waiting for her signal, he expanded his wings and appeared next to her mother. Carefully, Eros refilled her glass of wine and with a slight bow, flew back.

The golden haired goddess lingered on the memories of her summer lover. Her skin crawled with pleasure when she remembered the foreign tongue on her ear and the way he would be on his knees, holding a parchment and reading her a poem. That day she had been wearing a crown of flowers, handmade by one of her most loyal and oldest priestesses. Aphrodite took one of the blossoms from her head and used it to tease the demigod’s torso, paying particular attention to his nipples.

She fought against the current, but she couldn’t stop the lyre’s solo from pulling her out of her fantasy; like the one who fights for a dream when is waking up. The drunkenness becomes a headache.

Upset and with a single gulp, she finished her glass.

BLUE


Now, I felt the sound of the crashing waves far away.

The universe was reflected on the water creating an illusion of no horizon. I felt how my body floated on an ocean of stars that blossomed like lotus flowers. I was being transported by the chants of past, present and future avatars.

Their voices, my voice, would live forever in the ether. Once it fell like rain, it would wash me from what I had been and one day, would become again.

Krishna opened the palm of his hand and let me rest upon it. He told me that everything was going to be all right. His voice was like silent thunder. I thanked him, kissed him and began to cry, knowing that my tears would merge with the stars and crash on the shore, one day.

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