7 barcos

Noche estrellada sobre el Ródano de Vincent Van Gogh

Noche estrellada sobre el Ródano de Vincent Van Gogh

Era un chico que siempre se tomaba su tiempo para impresionar a los demás, pero ese día, llevaba el primer abrigo que su mano consiguió al meterse en el armario (el que era dos tallas más grande que nunca pudo reparar), las zapatillas de goma, y los cabellos desordenados.

Velozmente, cruzaba las esquinas oscuras de una ciudad indiferente ante su presencia. En su mano derecha, un cigarrillo que compulsivamente iba y venía de su lado a la boca – el humo en vez de exhalarlo, lo escupía. En su mano izquierda, una bolsa de plástico donde iban siete barcos de papel.

Se había pasado el día entero en el despacho que una vez había sido suyo. Sentado en la silla de cuero rajado, escribiendo. Quería escribir una sola carta, pero al terminar se dio cuenta que le había faltado algo y así que empezó a escribir una nueva. Esto se repitió varias veces hasta terminar con siete cartas. Compraría unos globos de helio de donde amarrar las cartas y así enviarlas al cielo como hacía cuando era niño, pero cuando había terminado de escribir ya todos los negocios estaban cerrados. Podría esperar hasta el día siguiente, pero ya no hubiese sido el aniversario.

Iría al mar entonces, iría al mar y haría pequeños botes con las cartas y los dejaría que navegaran libres. El océano era profundo, y al igual que el cielo, siempre le pareció infinito y era el lugar de donde todos veníamos… o al menos eso lo había escuchado en algún lado. Le llegaría el mensaje.

Solo había un problema, su ciudad no era de costa. Tendría que viajar un buen trecho para llegar a la playa y ya el último tren había partido.

Pero si había un río.

Con una anticipación que le amarraba el pecho, el chico llegó al puente. Se detuvo y miró hacia abajo. Mientras las cenizas de su cigarrillo descendían sobre la corriente como nieve envenenada, él meditaba sobre las probabilidades de que los botes cayeran en la posición correcta al lanzarlos desde esa altura – prácticamente inexistentes. No importa, pensó. Lo importantes es que toquen el agua y así, eventualmente, llegarán al mar.

Sacó el primer bote, el que pedía parte de su coraje para afrontar la crueldad del mundo y lo lanzó al agua.

Sacó el segundo bote, el que pedía parte de su sabiduría para poder distinguir entre lo que podía cambiar y lo que no y lo lanzó al agua.

Sacó el tercer bote, el que pedía parte de su iluminación para poder ver el camino y lo lanzó al agua.

Sacó el cuarto bote, el que pedía parte de su fuerza para poder cargar con todos sus deberes y lo lanzó al agua.

Sacó el quinto bote, el que pedía parte de su paciencia para lidiar con aquellos que todavía no podían ver y lo lanzó al agua.

Sacó el sexto bote, el que pedía parte de su autenticidad para ser sincero consigo mismo y lo lanzó al agua.

Sacó el séptimo bote, el que pedía que desde arriba (o donde fuera que estuviera) cuidara de sus seres queridos y lo lanzó al agua.

Los botecitos de papel, como los pétalos de una rosa blanca flotando sobre el agua negra, fueron arrastrados rápidamente por la corriente que reflejaba las luces de la ciudad. Estos desaparecieron y detrás solo quedaron los recuerdos y una grieta que nunca se sellaría.


 

Dedicado a un hombre que nos sigue iluminando a pesar de haberse ido – mi papá.

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